Conocí a Greg LeMond en 1982, cuando todavía era aquel joven estadounidense que empezaba a abrirse paso en el ciclismo europeo con el poderoso equipo Renault. Fue durante el Tour del Avenir, una carrera que por entonces servía como laboratorio de grandes campeones y en la que también estuvo presente un equipo colombiano encabezado por Luis Alberto “Lucho” Herrera. Allí comenzó para mí la imagen de un corredor distinto: moderno en su manera de correr, abierto en el trato y con una personalidad que ya anunciaba grandes páginas para la historia.
Un año después, en 1983, lo vi consagrarse como campeón mundial de ruta, confirmando que no se trataba de una promesa pasajera sino de un corredor llamado a cambiar el mapa del ciclismo internacional. LeMond representaba una nueva frontera para un deporte dominado históricamente por Europa: venía de Estados Unidos, hablaba con claridad, corría con valentía y se movía en el pelotón con la naturalidad de quienes nacen para competir en las grandes pruebas.
En 1984 tuvimos la oportunidad de invitarlo al Clásico RCN con su equipo Renault, una presencia de enorme categoría para el ciclismo colombiano. Su actuación fue destacada y su paso por nuestras carreteras dejó una huella especial, porque LeMond siempre mostró respeto y admiración por Colombia, por sus corredores y por esa afición que entendía el ciclismo como una pasión popular. No era una visita más: era el encuentro entre una figura mundial y un país que empezaba a mostrarle al mundo la fuerza de sus escarabajos.
Luego estuve presente en sus grandes victorias del Tour de Francia, primero en 1986, cuando se convirtió en el primer corredor no europeo en ganar la carrera más importante del mundo. Aquel triunfo tuvo también el sabor de una batalla interna inolvidable con Bernard Hinault, su compañero de equipo y una de las leyendas mayores del ciclismo francés. LeMond ganó el Tour con carácter, inteligencia y una serenidad competitiva que lo instaló definitivamente entre los grandes.
Pero si hay una imagen que resume su dimensión épica, esa fue la del Tour de Francia de 1989. Dos años antes había estado al borde de la muerte por un terrible accidente de caza, cuando recibió disparos de perdigones que comprometieron gravemente su vida y su carrera. Muchos pensaron que no volvería al máximo nivel, pero regresó para protagonizar una de las gestas más dramáticas que se recuerdan: ganar el Tour por apenas 8 segundos sobre Laurent Fignon en la contrarreloj final hacia París.
Ese LeMond que conocí fue siempre un hombre expresivo, dueño de una recia personalidad, claro en sus conceptos y dispuesto con los medios de comunicación. No era un campeón distante. Hablaba, explicaba, opinaba y defendía sus ideas con firmeza. En una época en la que muchos corredores preferían el silencio, él entendía que el ciclismo también se construía desde la palabra, desde la transparencia y desde la defensa de aquello que consideraba justo.
Con el paso de los años, LeMond se convirtió también en una de las voces más firmes contra el dopaje y en un crítico frontal de Lance Armstrong, al que enfrentó públicamente cuando hablar de esos temas significaba incomodidad, presión y aislamiento. Su postura lo mostró como un campeón incómodo para algunos, pero necesario para un deporte que debía mirarse al espejo. En esa batalla, LeMond volvió a demostrar el mismo coraje que había mostrado sobre la bicicleta.
Greg LeMond terminó su carrera deportiva en 1994 y después trasladó su nombre al mundo empresarial con su propia marca de bicicletas. Hoy, al cumplir 65 años, su historia sigue siendo la de un pionero: el estadounidense que abrió una puerta en el Tour de Francia, el campeón mundial que admiró el ciclismo colombiano, el sobreviviente que regresó de la tragedia y el hombre que entendió que la grandeza no se mide solo en victorias, sino también en la forma de defender la verdad del ciclismo.