Son 295 kilómetros que esperan a los más de 200 participantes de la más conocida como "La Súper Clásica", "El infierno del Norte", "La Reina de Las Clásicas", y muchos más calificativos que ha venido acumulando a lo largo de su ya voluminosa historia.
De esos 295 Kilómetros, lo que más llama la atención, lo que la hace inconcebible para algunos, fantástica para la mayoría, son las 27 secciones de adoquines o "Pavés", que suman en total 53 kilómetros , diseminados a lo largo de un camino en que además se suman como “enemigos" de cada ciclista, la lluvia, el frío, el barro, las ranuras entre las filas de adoquines, la tortura que implica pedalear sobre ellos, la lucha brutal por evitarlos, y, en consecuencia, las caídas, los pinchazos, los accidentes que acechan en cada curva o recta del bien denominado infierno del norte.
Tal vez sea por su increíble dureza, por el coraje y resistencia para afrontarla, que el vencedor recibe como trofeo por su victoria pero en nombre de todos los que se atreven a correrla, un adoquín completo sobre una base metálica, “para que no te olvides nunca de lo que allí se sufre“, según palabras del mejor ciclista de todos los tiempos, el belga Eddy Merck.
Milano San Remo tiene en La Cipresa y El Poggio, sus tarjetas de presentación; El Tour de Flandres exhibe las paredes del Koppenberg y Kapelmuur como sus máximas dificultades y Paris Roubaix tiene como puntos claves cuatro secciones en paveé donde suele jugarse la carrera: Orchies, Mons en Pevele, Cysoing a Bourgheles, y, el más terrible de todos, Le Trouee del Arenberg.
La carrera comienza a 80 kilómetros del centro de París desde 1977 y la primera sección de pavé se encuentra después de los primeros 97 kilómetros de pedaleo, siendo el más temido el Arenberg a pesar de que su distancia es relativamente corta, (2.4 Kmts) y de que aún restan más de 50 kilómetros de pavé y 26 secciones. El problema es que aquí en el Arenberg se hace la primera selección y lo que no se gane aquí, es prácticamente irrecuperable. Cada sección se encuentra separada por uno o varios kilómetros en pavimento o en destapado firme y en algunos parajes el tiempo parece haberse detenido cuando terminó la segunda Guerra Mundial pues nada parece haber cambiado desde entonces.
El público sea aposta especialmente en las secciones del Pavé y cerca de 20.000 personas esperan al vencedor en el viejo velódromo de Roubaix a donde el ganador y el último suelen llegar irreconocibles, sus rostros detrás de una máscara de barro, ojos enrojecidos, cuerpos exhaustos que no quisieran salir de las duchas que les aguardan en los camerinos del velódromo. El control de la policía y los organizadores es total, para evitar el contacto del ciclista con el público y filas interminables de barreras metálicas contienen millones de personas que se dan cita a lo largo de los temibles y terribles 53 kilómetros de paveé.
Los últimos 25 kilómetros se corren sobre terreno plano y totalmente asfaltado. Muchas veces, la carrera se ha definido en este escenario en favor de uno o de varios que se enrumban hacia el Velódromo. Casi siempre, la final galopada corresponde a un solo hombre o se reduce a un duelo entre él y otro contrincante o un grupo que le persigue a fin de evitar que él se lleve todos los plausos y la admiración del público y oiga solo el rugido de la multitud cuando ingresa para recorrer las dos vueltas de rigor que enseña el reglamento.
LOS FAVORITOS
Históricamente, Paris-Roubaix es una carrera destinada a grandes campeones de la ruta. En los últimos tiempos esos grandes campeones renunciaron a correrla y aparecieron entonces los grandes especialistas, los clasicómanos, los artistas de un día. Esta vez, no será distinto. En la lista de favoritos aparecen Ton Boonen, el famoso campeón belga , ganador ya en tres oportunidades en Roubaix y el suizo Fabián Cancellara, aspirante a su primer título, como los protagonistas del duelo central.
Ellos deberán cuidarse de las pretensiones del italiano Filipo Pozzzato, el español Juan Antonio Flecha, el gigante noruego Thor Hushovd, el colombo norteamericano George Hincapié, el escocés David Millar, dispuestos también a saborear la gloria de ganar París- Roubaix, considerada e "El Tour de Francia de las clásicas".
La gran carrera del Pave ha respondido siempre por la expectativa que despierta y esta vez no será distinto. Las condiciones climáticas siempre serán terribles y la topografía ya es suficientemente conocida. No hay lugar para los débiles pero algunas veces han apreciado campeones sorpresivos. Sin embargo, Merck, Moser, DeVlameinck, Boonen, han escrito siempre una historia de gigantes sobre el pavé y esta vez no será distinto. Seguro.